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Don Porfirio

Hubert Matiúwàa*

Fotografía: Anya De León

Escuché por primera vez su voz en una asamblea, me dijo, “qué bueno que no te caíste, no brincó tu corazón al barranco, existe el viento travieso, el que nos tropieza en el camino, aquí puedes sentirte como en tu casa, vuelves porque está el aliento de tu abuelo, aquí están tus tíos y tías, estamos nosotros que somos tu familia”. Su voz fue una raíz que me sostuvo, un viento cenizo que cubrió mi piel. Xi’ña Porfirio, el guía espiritual de nuestro pueblo de Mathayúwàa/Zilacayota.


En una tarde después del ritual del Comisario Jaguar, nos sentamos en la mesa para comer, se acercó a mí y me preguntó muy serio, “¿Es cierto que los aviones comen gente?” Antes de que pudiera contestar, los demás abuelos despegaron los párpados con la misma preocupación, volteé para mirar la costra de la comisaría, verde pistache de tiempo, dije, “es cómo un pájaro que en su panza lleva gente a todas partes del mundo, en las guerras los aviones se usaron para matar gente, los aviones no comen gente, la gente come gente”, sus risas llovizna de nubes, mojaron la tierra, me dijeron, “¿Quieres probar la orina del oso?”, me mostraron una botella de Vodka, sin pensarlo dije, “si”.


Con Don Porfirio platicamos de muchas historias, le gustaba escuchar sobre los lugares donde yo viajaba, de cuando me perdí en el aeropuerto de los Ángeles, de cómo me comuniqué en señas por no hablar el inglés y cada que podía me pedía contar la historia de cuando me espantaron los monos aulladores en Nicaragua, para que los demás la escucharan, él por su parte, me contaba de sus sueños, de cómo era la Montaña cuando él nació y las historias que le contó mi abuelo. En este año 2021, en la fiesta de San Juan en un pueblo de mismo nombre en Zapotitlán, nos enteramos que Don Porfirio a su edad monto a un toro. Es un presagio dijeron muchos. Hice un puño, sentí correr la sangre, es la fuerza que anuncia el revoloteo de la vida, pensé.


Estaba en Tlapa, cuando me avisaron que Don Porfirio había muerto, imprimí su foto, donde se le veía contento, sonriente, de la vez que bailó con su armadillo, tomé el camión y fui para despedirlo, algunas semanas atrás, nos saludamos, habíamos quedado en vernos para bailar con los ratones, como quienes se saben seguros de la vida. Llegue a su casa, estaba envuelto en sábanas blancas sobre un petate, encima del cuerpo su sombrero, las palabras me rasparon la garganta, el viento frío se volvía caliente en mi frente, un abuelo me dice, “viniste”, me ofrece una silla a lado de Don Porfirio, mis palabras son mudas para entregar mis flores, estiro la mano y le digo al abuelo que las entregue por mí, “ne’ne xtágiyoo numbaa rá/ se hizo piel de riego el mundo”.


Me cuentan sobre las causas de la muerte de Don Porfirio, caigo en cuenta que todos los abuelos están enfermos, veo sus ojos llorosos, escalofríos repentinos, entre ellos se limpian el sudor de la fiebre y se preguntan, “¿cómo te sientes?” El tiempo me revuelve el vientre y su espina recorre en todo mi cuerpo, los de mi edad nos sentimos huérfanos mientras caminamos para enterrar a Don Porfirio, como hormigas, juntos cargando y llorando nuestra hoja, bajamos barrancas y subimos en medio del polvo, la banda de viento toca, el hijo de Don Porfirio toca, se le parten los labios, veo su sangre gotear en la boquilla de la trompeta, su sangre cae y es el dolor de todos.


Sé que la muerte de Don Porfirio se pudo evitar, si hubiera un hospital cercano, o pudo ser menos dolorosa si hubiera paracetamol en el pueblo, pero aquí no hay nada, estamos tan lejos de ese mundo donde las instituciones dicen que los pueblos indígenas somos prioridad, estamos tan lejos y parece absurdo, tan lejos de todo y tan cerca de la muerte, a esa muerte que se le fueron sumando otras muertes.


* Escritor en idioma mè'phàà.


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