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Rafael Mondragón-Entre las muchas cosas que me regaló Enrique Dussel

Rafael Mondragón*

Fotografía: Autor

Para mí, el nombre de Enrique Dussel está ligado al misterio de la transmisión. Lo conocí antes de conocerlo porque, antes de morir, mi papá estaba leyendo un texto suyo, "Europa, Modernidad y eurocentrismo", en que exponía su extraordinaria hipótesis sobre 1492 como origen de una forma asesina de Modernidad y mostraba cómo el ego cogito del sujeto moderno se había fundamentado en el ego conquiro de los primeros europeos que arrasaron con los cuerpos y culturas de América.

Leí ese texto como si hubiera sido escrito para mí. Me acerqué a él en busca de consuelo, en aquella época en que descubrí una parte fundamental de nuestra condición de criatura: todos tenemos padres y madres y por ello, en algún momento, todos seremos huérfanos. Pero eso también significa que fuimos esperados y que, por nacer, participamos del diálogo con las generaciones. En ese diálogo, que desordena el tiempo, comprendí paradójicamente que Enrique Dussel había escrito en 1992 un texto para consolarme de la muerte de mi padre en el año 2000.

También sentí que en ese texto él me ayudaba a hacerme cargo de un legado, el de mi padre, y me señalaba algunas inquietudes de las que había que hacernos responsables, y que orientaron mi vida. Tímido, como soy, nunca tuve la oportunidad de decirle esas cosas. Me contenté con asistir, como uno más de los más de 100 estudiantes, la inmensa mayoría de ellos oyentes, que a veces lográbamos entrar a su salón y a veces no. Iba guiado por una mujer que fue mi primer amor en la Ciudad de México y a quien siempre le agradeceré haber sido mi Virgilio y haberme iniciado en el amor al saber y en las cosas que realmente importan en una universidad: leer lo que uno quiere, ser inquieto, escuchar clases de oyente y celebrar el tiempo de la conversación, el de la vida.

Con Dussel también me di cuenta de lo que podía significar pensar: las exigencias de su clase eran mayores a las de todas las de mi carrera oficial juntas. Él no pedía tarea para preparar su curso: nos entregaba un pendiente para el resto de nuestra vida. Así leía él. Así nos enseñaba a jugarnos enteros. Así se jugaban los alumnos y alumnas que aprendí a respetar. Así aprendieron, también ellos, a respetarse a sí mismos y a respetar esa imagen divina a la que rendían homenaje al esforzarse.


Era un viejo apasionado. ¡Cómo nos enseñó a amar! En alguna de aquellas clases (a la que no llegué a entrar) llegó a sustituir al maestro una joven filósofa llamada Silvana Rabinovich... Su presencia transformó a mi grupo de amigos para toda la vida, y así también, con mi timidez de siempre, comencé a seguirla, a leer todo lo que encontraba que ella había escrito, a conversar con sus escritos. Años después tuve la fuerza para acercarme personalmente a ella. La elegí como maestra (ella me eligió como amigo), pero sé que mi propia elección fue preparada por mis ancestros. Que fue un regalo de Dussel, a quien a su vez fue un regalo de mi papá, que a su vez transmitió un regalo que venía de muy atrás.


Enrique Dussel también me regaló a sus enemigos, a quienes me acerqué con la encomienda de hacerme una visión más amplia del mundo. No me lo dijo con palabras, pero sentí como si lo estuviera haciendo: "busca a quien no está de acuerdo conmigo..." Cumplí la tarea. Fui a tomar clase con Horacio Cerutti, luego con Carlos Lenkersdorf y Bolívar Echeverría. Como cuando trataba de reconciliar a mi mamá y mi papá, fui pasando de uno a otro tratando de escuchar, rindiendo homenaje a cada uno. Yo siento que Dussel y mis papás me enseñaron a amar al enemigo, a tomarme en serio esa frase que parece ingenua y es, en realidad misteriosa y profunda: está escrita desde la rabia y el dolor del sobreviviente, desde el que fue llamado "enemigo" y quiere romper la lógica amigo-enemigo para fundar otra cosa, otro tipo de comunidad. En eso que él me enseñó encontré una mirada de la historia humana completa.


También valoro enormemente cómo, en sus clases, nos mostraba que era un ser humano, sin esconder esas pequeñas motas que gente con más sentido de seguridad en sí mismo llamará "defectos". Quería ser reconocido por los jóvenes. Hablaba una y otra vez de las cosas que había pensado en décadas en que nosotros aún no habíamos nacido. Se mostraba vulnerable. Una y otra vez, asombrados, los jóvenes reunidos en torno suyo salíamos del salón conversando: es que ese señor es un ser humano. Un ser humano que se jugaba entero en cada cosa que nos regalaba, sin esconder su humanidad. Siempre le agradeceré esa entrega sin límites, que vi de nuevo cuando era parte de la comisión de reconciliación durante el conflicto de la UACM, y que llevó a que la comunidad le pidiera ser rector tras esa huelga terrible que viví junto a una compañera inolvidable, a quien sigo agradeciendo tantas cosas, y en donde conocí a personas que me cambiaron para toda la vida: algunas de ellas ya no están, pero caminan junto a mí en el corazón.


Así te vi de nuevo, jugándote en Morena, diciendo cada vez las cosas que nadie quería escuchar, las necesarias... Gracias, Enrique, por entregarte así. No sabes lo que cambió en los corazones de tanta gente que te vio entregarte cada día, en tus intentos de restañar esa comunidad herida, en tus apuestas enteras por legar a las generaciones un lugar bueno para la educación. Yo creo que, como Dení, la niña de la que habla uno de los últimos comunicados zapatistas, tú mirabas lejos. Veías en cada uno de tus alumnos el rostro de un niño o una niña que nacería 120 años después, y para quien tenías la responsabilidad de que pudiera crecer libre: para ellos dabas clase, escribías y pensabas, y eso te permitía salvarte, incluso equivocándote a veces, como todos los seres creados. ¡Gracias por enseñarme a equivocarse así!

En uno de tus libros, Enrique, encontré años después el nombre de mi papá. Estabas describiendo la experiencia de Cristianos por el Socialismo y la represión que le siguió. Y ahí escribiste: "Los miembros de CpS fueron separados de sus cargos, enviados a otros destinos, 'pero le tocó a Rafael Mondragón ser objeto de un castigo ejemplar. Laico y colaborador del SEM, fue repentinamente secuestrado por un grupo armado no identificado, junto con otros dos sacerdotes y 13 muchachos. Fue torturado, interrogado sobre sus actividades entre los pobres de un barrio capitalino. El secuestro de Mondragón y los dos sacerdotes ocurrió el 4 de octubre de 1972'”. Al leer esto recordé una historia que se le había escapado a mi padre una vez, cuando yo aún era niño. Era un hombre de tantos secretos...

Me contó que después del año de 1968 el gobierno perseguía la gente que presumía subversiva. Él se había ido a Canadá para continuar su formación como monje. Después se salió del convento, pero siguió trabajando. Una vez vino de visita a México para ver a su familia. Habían detenido y desaparecido a un amigo suyo que llevaba una libreta con nombres y teléfonos, y el nombre de mi papá estaba entre ellos. Fueron a detenerlo, pero por suerte ese día mi papá no estaba en la casa familiar. Sí estaba un amigo suyo del que él no me quiso decir el nombre. Ese amigo abrió la puerta. Preguntaron por Rafael Mondragón y él dijo "yo soy Rafael Mondragón". Se llevaron a ese amigo, lo secuestraron y lo torturaron.


Gracias a eso mi papá salvó la vida: le avisaron que no regresara a su casa y tomó el primer avión que pudo de regreso a Canadá. Le pregunté qué había pasado con su amigo. No me supo contar. Hoy pienso en que ese amigo no sólo salvó a mi papá: salvó a mis hijos, Eliseo y Sol, y que yo no sólo llevo el nombre de mi papá, sino el de su amigo, que se llama Rafael Mondragón, y que ése es el nombre que le regalé a mi hijo, Eliseo Rafael. De entre las muchas cosas que me regaló Enrique Dussel, también me regaló esa historia. Sé que la escribió para mí en ese libro publicado antes de que yo naciera, y también que la escribió para Eliseo y Sol, para sus hijos y nietos. Le agradezco haber sabido ser puente, incitador y testigo. Recupero las palabras hermosas con que Mario Orospe y Bernardo Cortés cerraron una bella entrevista con el maestro: vivió luchando y murió esperando la resurrección.


*Doctor en Letras con estudios posdoctorales por la Universidad Nacional Autónoma de México, en cuya Facultad de Filosofía y Letras es también profesor. Investigador del Seminario de Hermenéutica del Instituto de Investigaciones Filológicas, y colaborador regular en círculos de lectura, talleres de educación popular y experiencias de trabajo cultural comunitario. Entre sus intereses están la historia de la teoría literaria y de la hermenéutica de lo literario en América Latina, el pensamiento utópico latinoamericano y las experiencias de acción cultural en el México reciente.

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