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Prólogo del libro "First Rain/Ru'wa ginii" de Hubert Matiúwàa


Fotografía: Francesca Vari

Primera Lluvia


Mi abuela dijo que moriría en los días de las primeras lluvias. Era julio de 2005, me levanté temprano, indeciso entre ir o no a la clausura de mi preparatoria, fui a la casa de un amigo y mi cuñado me alcanzó para felicitarme, cayó la lluvia y entró una llamada, mi abuela había muerto, inició la tormenta.

Alguien dijo que si quería podían llevarme y nos subimos a una camioneta, oscureció, las nubes se cortaron en algún lugar lejano, sobre nosotros caían gotas de agua como si quisieran agujerar nuestras cabezas. A mitad de camino, el lodo hizo que la camioneta se atascara y caímos a la tierra, yo me lastimé la quijada y me despellejé parte del pecho, mi cuñado cayó del otro lado, nos gritamos para saber que seguíamos vivos. Entendimos que esa tarde no llegaríamos a causa de la lluvia que lloraba el cielo y mejor regresamos a Tlapa. Al día siguiente salió el sol y secó la tierra, en nuestros ojos, su luz amarillenta se quebró antes de llegar a Malinaltepec.


Recuerdo una lona azul y mucha gente, un gris sobre todas las piedras. Entré y vi a mis tías, me acerqué, abrí el ataúd y toqué a mi abuela, deslicé mi mano sobre su frente, mis dedos sobre sus párpados, los surcos de su cara estaban fríos y gelatinosos, su color era distinto, más morena, ¿será que la muerte nos devuelve el color de la tierra o el olor húmedo en la garganta cuando la lluvia se levanta y vuelve al origen? Recuerdo que no lloré, estuve ahí, estaba mi mamá, mis tíos, mis hermanas y no lloré, una espina atravesó la vena de mis ojos, casi rojos, casi del color mar sangre cuando se ausenta el sol.


No recuerdo su entierro, en alguna parte de mi memoria se cicatrizó ese tiempo de colores, formas y sonidos, casi palabras. Regresé a la ciudad, a su piel de asfalto, pasaron dos meses y al tercero empecé a soñar a mi abuela: Venustiana Gálvez Marcelo, nacida en el Obispo, municipio de Malinaltepec, la mujer que tenía en sus manos un arcoíris de pulseras, una cuenta de colores que le regalé como albricias de los lugares que empezaba a conocer, la mujer que me contó historias, me enseñó a comer todo tipo de quelites y a tomar café a escondidas, la misma que colgaba para la lengua de la lumbre los pájaros que yo cazaba.

De golpe me enfrenté a su ausencia, comprendí que no la podría encontrar en ningún lugar y quise volver para comprobarlo. Llegué a Tlapa, la ciudad comida por el sol, y me fui a Malina a la casa donde vivimos, encontré los geranios y a mi madre, como una flor en el aire, pero mi abuela no estaba. Fui a casa de mi tío, junto al rumor del río, me senté sobre las piedras grises y tampoco la encontré. Me pesaron los pies, mi sangre se volvió lodo al caminar rumbo a su casa, fue difícil entrar, abrir su puerta, encontrar su cama, su molino, su fogón, sus trastes y su machete, recuerdo bien ese machete, tenía la cacha blanca azul, hecha de huaraches de hule, como piel de serpiente, cuando era niño me gustaba mucho, con él aprendí a cortar árboles de plátano, ahora, su frío metal reluciente se oxidaba, como si sangrara y escamara el tiempo.

Fotografía: Francesca Vari

Regresé al pueblo, el lugar donde se supone que está ella, al camposanto, vi una tumba de cemento sin su sonrisa, su calidez, sin su palabra. Sentía mis huesos dislocarse en cada lugar donde la buscaba, en ninguna parte del mundo la pude encontrar, me descubrí carne ante la sal. Mi cuerpo tuvo miedo y siguió soñando, la abuela se me aparecía, me daba consejos, sonreía. Aprendí que soñarla era la única forma de platicar con ella, sin el tiempo marcado por la ausencia, al despertar escribía imágenes y recreé mi propia versión de la abuela, a hacer memoria de quién era yo.


La abuela me contaba que a mi mamá le gustaba comer tierra cuando yo estaba en su vientre. Tu mamá no comió molleja de pollo, por eso tú sabes caminar sin que entren piedras a tus huaraches, tu mamá no comió hierba santa, por eso tú podrás aprender hablar el español y no se te dormirá la lengua, tu mamá comió lengua de conejo, por eso a ti nunca te dará sed cuando camines por La Montaña, me decía mi abuela, y esas fueron los primeros consejos que me sembraron, la formación del carácter desde antes de nacer.


En la cara del aire, agarra las piedras que vienen sobre nosotros, era una de las frases que mi abuela siempre repetía, referencia a la gente que se enfrenta a las injusticias. Si vienen las piedras, tienes que agarrar esas piedras y devolverlas.

Antes de irme a estudiar, mi abuela nombraba el sentimiento de los colores al tocarlos, nunca me dijo que se estaba quedando ciega, yo tampoco se lo dije. Cuando regresaba a casa, ella tocaba mi cara, me llamaba por mi nombre, reconocía mi voz, como quien guarda su secreto en una olla de nubes.


Todos esos recuerdos los escribí en libretas, y como anduve en muchos lugares, dejé escritos con mis hermanas, con amigos, algunos los olvidé o me deshice de ellos. Escribí mi duelo en cinco años, pasó el tiempo y algunos de esos escritos se convirtieron en poemas, recuperé muy pocos, que dispersé en distintos libros como una voz que echa raíces.

Revivió mi abuela, ya no me sentía solo, había un lugar en el que mi corazón, cabeza y cuerpo se situaban cuando tenía miedo, mi abuela se convirtió en un referente espiritual y un confesionario, me encontré ante alguien a quien no podía ocultarle secretos.


A veces me pasa que los títulos de mis poemas llegan, como si alguien más los estuviera creando. Así sucedió con Primera lluvia, y me doy cuenta que no pudo haber sido de otra manera, tenía que enfrentarme a ese primer llanto.

El libro Ru’wá ginii/Primera lluvia, para mí es la ausencia, la memoria, la vida. Esa primera lluvia se convirtió en mis primeras palabras en la poesía, es como la lluvia que hace reverdecer, calma, como el frío que llega cuando algo arde. Sin darme cuenta, empecé a escribir para enfrentar la ausencia de mi abuela, de esa manera, mi proceso creativo se sistematizó y profundizó una conexión con la memoria.


Fotografía: Francesca Vari

FIRST RAIN

Translated by Juana Adcock


My grandmother used to say, “I will die in the days when the first rains come.” It was July, 2005. I got up early, undecided whether or not to go to my high school graduation. I stopped by a friend's house and my brother-in-law caught up with me to congratulate me, then it started to rain and shortly after a phone call came – my grandmother had died. The storm picked up.

Someone said, “If you want, we'll give you a lift there.” We hopped onto the pickup truck, the skies darkened and the clouds were cut off somewhere far away, but from up above us drops of water fell as if they wanted to pierce our heads. On the motorway in the middle of nowhere the van got stuck in the mud, throwing us to the ground. I fell, I hurt my jaw and skinned part of my chest, my brother-in-law fell on the other side, we both yelled out to find each other alive. We understood that we would not make it that afternoon because of the pelting rain – the sky was properly weeping. So we returned to Tlapa. The next day, the sun came out and dried the earth. In our eyes, its yellowish light broke before we reached Malinaltepec.


I remember a blue tarp and a crowd of people; a grey colour on all the stones. I went in and saw my aunts. I approached the coffin and opened it to touch my grandmother. I slid my hand over her forehead, my fingers over her eyelids, the furrows of her face were cold and gelatinous, her colour was different, darker. Could it be that death returns us to the colour of the earth, or to the damp scent that gets caught in your throat when the rain rises and returns to the origin? I remember I didn't cry. I just stood there not crying, my mother was there, and my aunts and uncles, and my sisters, and I didn't cry. A thorn pierced the vein in my eyes, almost red, almost the colour of the blood-stained sea when the sun departs.


I can’t remember the burial—somewhere in my memory that time of colours, shapes, sounds, almost words, scarred. I returned to the city, to its asphalt skin, I began to study philosophy at the Autonomous University of Guerrero. A month passed, two, and in the third month I began to dream of my grandmother. Venustiana Gálvez Marcelo, born in the Obispo municipality of Malinaltepec, the woman who had a rainbow of bracelets around her wrists, colourful beads that I gave her as a token of the places I was beginning to visit, the woman who told me stories, who taught me to eat all kinds of wild herbs and weeds and to drink coffee on the sly, the same woman who hung the wild birds I hunted above the tongue of the fire.

Fotografía: Francesca Vari

Suddenly I was faced with her absence. I realised that I couldn't find her anywhere, I wanted to go back to see if it was true. I arrived in Tlapa—the city eaten by the sun. I went to Malina, to the house where we used to live, and I found the geraniums and my mother like a flower in the air, but she wasn't there. I went to my uncle's house, next to the murmur of the river, I sat on the grey stones and found nothing, my feet were heavy, my blood turned to mud as I walked to her house, it was difficult to enter, to open the door, find her bed, her mill, her cooker, her dishes, her machete. I remember that machete well, it had a blue-white handle made of rubber huaraches, like the skin of a snake. When I was a child I liked it a lot, with it I learned to cut banana trees. Now its cold gleaming metal was rusting, as if bleeding and flaking with time.


I went back to the village, to the place where she was supposed to be, to the cemetery, a wasteland. I saw a cement grave without her smile, her warmth or her words. I felt my bones scatter around all the places where I looked for her, but nowhere in the world could I find her. I saw I was flesh before salt.

My body was afraid and kept dreaming. My Grandmother would come to me, give me advice, and smile. I learned that sounding her was the only way I could talk to her without being within the time marked by absence. When I woke up, I began to write down these images and recreated my own version of my Grandmother in order to remember who I was.


My Grandmother used to tell me that my mother liked eating soil when I was in her womb. “Your mother never ate chicken gizzard, that's why you know how to walk without getting pebbles stuck in your huaraches”; “Your mother never ate sacred herbs, that's why you can learn to speak Spanish without your tongue falling asleep”; “Your mother ate rabbit tongue, so you will never get thirsty when you roam in the mountains.” That was the first advice I was given, building my character from before I was born.

In the face of the wind, grab the stones that are falling upon us, one of the phrases my grandmother always repeated, a reference to people standing up to injustice. If stones are thrown, you have to grab those stones and throw them back.


Before I left home to pursue my studies, my grandmother used to name the sensation of each colour when touching it, she never told me she was going blind, I never told her either. Whenever I came back home, she would touch my face, she would call me Hubert, recognising me by my voice, like someone keeping their secret in a pot of clouds.

I wrote all those memories in notebooks as I roamed around in many places, writing out my grief for five years. I left pieces of writing with my sisters, with friends, some pieces I forgot or got rid of, and over time some of them became poems. I recovered very few that were scattered in different books like a voice that takes root.

My grandmother came back to life, and I no longer felt alone. There was a place where my heart, head, body, was located when I was afraid. My grandmother became a spiritual reference and a confessional, I told her everything. Finally, I felt that I could not keep secrets from anyone.

It happens to me sometimes that the titles of my poems come as if someone else was creating them. ‘First rain’ is a title I would have never thought of, but it happened, and now I realise that there could have been no choice but to face those first tears.

The book Ru'wá ginii/First rain, to me, is absence, memory, life—that first rain became my first words in poetry. But rain causes the green to grow, and brings calm, like the cold that comes within a burn. Without realising it, I began to write to face my grandmother's absence. In that way, my creative process became systematised and deepened a connection with our memory.


Compra del libro "First Rain/Ru'wa ginii", escrito en idioma mè'phàà-inglés.


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