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Memorias y relatos de infancia: La Ciénega de ayer

Saúl Morán Oropeza*

Fotografía: Autor

El 24 de enero del año 1971, cuenta mi finado padre de nombre Telésforo Morán Morán que en pie de Juba Xuguá (Encino Roble) en una casa humilde de adobe mi sagrada madre Guadalupe Oropeza Flores, desde la noche anterior se quejaba de sus dolores de parto, a quien le dedico de manera especial este relato.

Como a las dos de la tarde de ese día dio luz a un niño que un mes después el matrimonio llevó la criatura para su registro en la cabecera municipal, y quedó con el nombre de Saúl Morán Oropeza.


Si no mal recuerdo, a mediados de 1979, tenía yo ocho años de edad, mi finado hermano mayor Javier a sus diez años, mis hermanas menores Minerva, Elizabeth, Olga de apellidos Moran Oropeza, estaban muy pequeñas, cuando escuchamos a mi padre que nos habló con voz fuerte "preparen sus cosas porque mañana nos vamos a donde vive mi madre; La Ciénega". El motivo de fuerza mayor que llevaría nuestro padre tomar una decisión tan drástica de esa naturaleza, abandonar nuestro terruño, la tierra que nos vio nacer, fue la enfermedad de nuestra madre que llevaba seis meses encamada, no podía levantarse.


Muy temprano nuestro padre ensilló sus dos bestias de carga de nombre: El chaparro y el viejo, la bestia macho viejo era muy manso y lento, como un cordero y una tortuga cargó nuestra madre, y en su brazo llevaba a Edén, nuestra hermanita de apenas seis meses de edad. En el macho el chaparro nuestro padre puso dos sillas de palma de esos que se hacen y se tejen en batháá, uno cada lado de la bestia, y ahí sentó a mis hermanas Minerva, Elizabeth y Olga, recuerdo que venían cabeceando golpeando sus cabezas una contra otra, por la causa del sueño. Yo, y Javier nos venimos caminando arreando las bestias, junto con dos perros y las gallinas que colgaban de las bestias.


Pasamos por las aguas frías y cristalinas que bajaban del Juba Xuguá, las bestias caminaron toda la colina sintieron lo pesado de la carga hasta pujaban, descansaron al encumbrar Alacatlatzala. Ahí pernoctamos un momento para tomarnos un refresco de esos que le llaman Pepsi-Cola, en la tienda de Don Octavio, comerciante ambulante de La Concha, en la tienda de este señor que tenía forma de carpa de lona se podía comprar maíz, frijol, galletas, sardinas, chiles jalapeños, cervezas por cartones de la llamada superior, etc. El transporte mecanizado había llegado hasta ahí, hice el pedido pronunciando Porsucola no sabía pronunciar bien el español, el de la tienda se echó a reírse a carcajadas, yo no sabía por qué, en botellas de vidrio sabían muy sabrosas que hasta peleábamos porque uno tomaba más que otro, de puro gusto eructábamos muy fuerte. Después del descanso continuamos el camino por todo el filo del cerro hasta bajar por el Mesón y, de ahí bajamos hasta llegar la casa de nuestra abuela que en paz descanse, Baldomera Morán Esperidión. ¡Oooooh! de repente escuchamos el gesto de nuestro padre para que se detuvieran las bestias, hemos llegado a nuestro nuevo hogar, en este lugar vamos a vivir ahora.

Fotografía: Autor. Tomada desde el cerro de la lluvia la Ciénega, mpio., Malinaltepec, Gro, 24/04/2020

Entonces para mí todo había cambiado, el lugar que dejé atrás era amplio y extenso de campo abierto para correr y jugar a las carreras de caballo, siempre fui muy curioso cortaba unos palos que tenían forma de caballo y me montaba y, a todo galope andaba por todo el campo abierto. En el nuevo hogar era un lugar muy bonito mucha vegetación, los arboles de encino colorado cubrían la mayor parte donde llegamos a vivir, recuerdo que en el patio de nuestra abuela había arboles de frutas de capulín, lima, granadilla, cafetales, duraznos, chirimoya, a un costado, hacia abajo, estaba un árbol de ocote muy grande, hacia el norte iba un caminito con dirección al pozo de agua donde se acarreaba el vital líquido con bules de plástico para beber, abajo se encuentra la barranca del macho por este lugar pasaban los hijos del señor Hipólito Cantú que vivían atrás del cerro.


Nuestra abuela era una señora de estatura bajita, rígida, muy trabajadora, me decía ¡ándale chamaco! aprende a trabajar la tierra, es la dadora de la vida, mis padres me enseñaron a agarrar el garabato la herramienta que me da de comer, vivimos un año con ella. Recuerdo que en la noche nos juntábamos alrededor de la lumbre, nos acompañaba nuestra bisabuela Eleuteria Esperidión, madre de nuestra abuela, ella era viuda del señor Arnulfo Morán de los Santos, hijo del señor José P. Morán, según decían nuestras abuelas que José fue hijo bastardo de Mateo Morán, pastoreño proveniente de Xonacatlán municipio de Alcozauca, pasó por estas tierras arreando miles de cabras, engendró a una señora que vivía sola en el monte a José P. Morán, este procreó a varios hijos: Arnulfo, Felicitos, Eulalio, Celestino y Filomena de apellidos Morán de los Santos. Contaba el señor Zoilo Morán, nieto de José P. Morán, este fue apasionado a los caballos, montaba siempre un cuaco blanco, con él entrenaba a las carreras en los terrenos donde se encuentra actualmente la Universidad Intercultural. Uno de sus hijos cuando estalló la rebelión indígena malinense en un mes de septiembre de 1911, después de la fiesta de San Miguel Arcángel contra el señor Jorge Ignacio Cantú, cacique personero político del Porfiriato en la cabecera municipal, el niño tenía tan solo 12 años de edad estaba estudiando notas para ser músico del pueblo, se sumó a la bola, me refiero el señor Arnulfo Morán de los Santos, junto con Pedro Peláez, y Sabas Crispín Galeana Cantú, este último jefe de la rebelión, y otros más el pueblo se deshizo del cacique opresor.


Escuchar estos relatos siempre fue de mi agrado, ese año cursaba el tercer grado de primaria en la escuelita que se encontraba debajo de la casa del Sr. Jacinto Morán Esperidión, decían que había donado el terreno para que ahí estuviera la escuela. El cuarto grado y último que estudié en la escuela, ya me había mudado con mis padres y mis hermanos al nuevo domicilio, en un terreno ubicado entre dos barrancas, decía mi padre que el predio lo había cambiado con dos bestias mulares con un señor de apellido Navarrete de la comunidad de La Soledad.

La vivencia de niñez escrita en estas líneas, honra la memoria del abuelo del pueblo de la Ciénega, me refiero el Sr. Zoilo Morán Esperidión. Cuenta en una entrevista, que a mediados de la década de los setentas, él fungía como suplente del señor Jorge Cantú Cantú, este era Regidor Propietario en el H. Ayuntamiento Municipal Constitucional de Malinaltepec, a petición de él, un día el señor Presidente municipal de nombre Romualdo Carrasco, había tomado la decisión de subir a ver los lugareños que estaban representados por los señores arriba mencionados, entonces el lugar donde vivían los lugareños era llamado demarcación o ranchería.


Una vez que había llegado el Presidente municipal, estaban reunidos señores y señoras del lugar que en ese entonces vivían dispersos, era difícil reunirse, solamente se juntaban cuando festejaban al Tata Bego el 25 de abril, se concentraban los hombres y mujeres a preparar la chicha, a sacrificar los chivos, guajolotes y gallinas en la casa del meso, debajo de la carretera que va hacia Laguna Seca, hace algunos años todavía se conservaba un árbol de capulín viejo como vestigio donde estuvo la casa del señor Miguel Cantú.


Continuando con lo anterior, en lo general tenían el interés de constituirse como comunidad, el problema era el terreno, ¿Quién estaba dispuesto donar su terreno para poner la escuela?, en virtud que nadie quería era difícil pedir maestros al Presidente municipal para que subieran a enseñar los niños y niñas, ya eran varios y estudiaban en Mixtecapa y en Malinaltepec. Los hombres ahí reunidos con el Presidente habían sostenido que en el tema educativo quedara así porque no había terreno, entonces una mujer de nombre Filomena Moran de los Santos, esposa de Miguel Cantú, regaño a los hombres ahí presentes diciéndoles irresponsables, poca visión de futuro, así fue que se tomó la decisión de pedir los maestros para que vinieran a enseñar. El señor Jacinto Morán Esperidión, recién fallecido, se le debe la instalación de la primera escuela de la comunidad que estuvo en su predio donde la vieja cancha al norte de la actual comunidad. La primera maestra fue una mujer de nombre Apolonia Mejia, después llegaron los maestros Arnulfo Chávez, Reynaldo Pacheco, Telésforo Morán, Ciro Morán. La escuelita era de tejamanil, en dos cuartos estudiaban los niños y niñas de primero, segundo, tercero y cuarto grado de primaria, eran los únicos grados, al lado en una ramada estaban los de Kinder. Recuerdo que mis amigos de la escuela eran: Severino Cantú Sánchez, Macario Candia, Pedro Pacheco Peláez y otros, la mayoría emigró al medio urbano; debajo de la escuelita jugábamos a la resbaladilla, nos arrastrábamos hacia abajo montados encima de unas tablas de tejamanil, el pasto seco en el mes de febrero y marzo hacía que agarrara vuelo como tren bala, disfrutábamos el momento pero llegando en la casa la zurra que nos arrimaban, yo y mi hermano Javier, porque llegábamos con los pantalones rotos por atrás y de las rodillas.

Fotografía: Autor. Tomada en la ofrenda floral del mes de septiembre del 2018

En la loma de arriba camino hacia el lugar denominado El Mesón venia abriendo brecha un tractor todo destartalado y ruidoso. Un día muy temprano yo, y mis amiguitos de la escuela no entramos a clases con tal de ir a ver la máquina, para nuestra niñez era un aparato desconocido nunca lo habíamos visto, tanto era nuestro miedo que nos asomamos lentamente en una loma entonces vimos que era un monstruo grande forrado de puro fierro, tenía una lengua larga en forma de cuchara y hacía mucho ruido, en su cabeza sacaba mucho humo, la gente adulta decía que estaba abriendo la carretera que iba con dirección a la comunidad de Paraje Montero. Contaban entre susurros que atrás venían los motosierristas, las grúas y los camiones trozeros que iban a llevarse la madera; y que además esta carretera traía desarrollo para las comunidades donde iba a pasar, que ahora íbamos a vivir bien que la carretera traía progreso para los pueblos indígenas.

En parte tenían razón los señores de la comunidad porque cuando esta carretera pasó por la comunidad, llegó Don Octavio y Celso León, comerciantes de oficio impulsores del pequeño comercio de los productos de primera necesidad como el maíz, producto básico en la dieta alimenticia de las familias indígenas de la región, pero también llegaron los refrescos y las cervezas, yo de niño me tomaba hasta 2 Pepsi-cola y/o Coca-Cola, es un líquido negro embotellado en recipientes de vidrios es tan agradable su sabor que hasta los lactantes dejaron de tomar la leche materna. Dicen los estudios que el consumo de estos productos son la causa de las enfermedades degenerativas como la diabetes, por el número de muertes esta enfermedad representa un problema de salud pública. El sabor de los refrescos Cola en el momento de tomarlos llegan en el paladar y, crean dependencia sobre todo los niños por los altos niveles de glucosa que contienen, hay madres en la montaña que en lugar de darles leche de pecho a sus hijos les dan de tomar en biberón, Coca-Cola o Pepsi-Cola. La diabetes empieza a manifestar sus estragos a la salud de los pobladores después que llegó la carretera y, en la actualidad es la causa principal de la muerte de los indígenas en la región, mientras en el otro polo estos productos están dejando jugosas ganancias a las transnacionales.


Continuando con el monstruo que sacaba humo su cabeza, los maestros le hablaron al operador pidiéndole de favor que bajara a retajar donde iba estar la cancha de la escuela, los maestros que le entendían la carpintería como Telesforo Morán, hicieron los tableros, los niños en el recreo jugábamos el basquetbol, en las tardes los jóvenes y los adultos se juntaban a jugar una cascarita amistoso todo era en armonía, el inicio de la formación formal del pueblo.

La gente vivía dispersa, en la parte baja en el lugar conocido Dos Palos, vivían las familias: Candia, Cantú, Ortiz, Pacheco, Espindola; las familias Peláez en el predio conocido como Los Pinos, la familia Cantú en el norte de la comunidad, la familia Morán colindaban con los terrenos de la escuela, en el centro de la actual comunidad estaba la casa del Sr. Zoilo Morán, tenía su ganado amarrado. Al lado del pozo del agua estaba la casa del Sr. Felicitos Moran de los Santos, vivía con su hijo Santiago Morán Altamirano. El señor Licho así era más conocido por todos, recuerdo su descripción: Un señor de edad avanzada vestía calzón de manta de voz fuerte, un día iba pasando en su patio cuando escuché su voz temeraria; entonces dije, patitas para que son sino para correr ahora, emprendí mi carrera loca, yo recuerdo que eran las únicas casas. Cuentan las personas grandes de la comunidad que en ese lugar pernoctaban los viajeros que venían de los pueblos del sur llevaban sus plátanos pasados a vender a Tlapa, o los que venían de la parte norte iban con rumbo a San Luis Acatlán, ahí por el pasto y el agua descargaban sus animales para después muy de madrugada continuar el viaje.


*Tengo 51 años, soy hablante de la lengua mè’phàà, soy compositor y canta autor en la lengua, entre ellas: el zopilotero, ni metso niguna, la malineña, xèdè tsí namajngù, me autodenomino Xpejuan jubá, en el mundo de la escritura reciente mente empiezo a escribir relatos de mi vivencia de la misma manera hago una crítica social desde cómo es que las transnacionales se adentraron en la montaña.


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