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Mbo Xtá rídà: Chiín, chiín, chlòo chlòo de la piel que protege

Updated: Jul 15, 2021

Inés Giménez Delgado


Ilustración: Salvador Jaramillo.

Cuando Hubert Matiúwàa me habló por primera vez de los Xtá rídà, estos seres orejones que estiran sus lóbulos para guarecerse en ellos, que caminan lánguidos con los pasos del venado y cargan un panal de abejas zumbonas tras su cabello de luciérnagas, sentí que ya los había soñado, los había visto caminar por los montes, por esa tierra fértil, de raíces, ombligo y luna. Después supe que al salar su cuerpo en nombre de un dios ajeno fueron arrojados a la penumbra, destinados a arrastrarse y comer insectos, a hacerse bola como un armadillo en la jauría, a llorar en el viento y a convertirse en nopal para poder sobrevivir. Este libro de poesía-cuento de los Mbo Xtá rídà es triste, pero también de esa luz que renace bajo la piel desollada. Editado en versión trilingüe, con las brechas y desafíos de inteligibilidad que supone la traducción, abre caminos para sus niños y jóvenes del xàbò mè’phàà. Su enseñanza sostiene: “desde tu piel-identidad, puedes escr-de territorios devastados por la guerra, el hambre y el colonialismo. Desafía la colonización del imaginario: retomando los cuentos de su mamá, su autor voltea la mirada hacia los Xtá rídà, quienes eran utilizados para espantar a los niños; y descubre con asombro que la imagen de estos seres de terror infantil, había sido fabricada por poderes colonial-caciquil-blanco-católico-capitalista-mercantil-masculinos, un dispositivo para que la propia gente mè’phàà tuviera miedo de sí misma, de su pasado, rituales y lengua, tan vinculada a la piel.

A contrapelo de algunos paradigmas absolutos hegemónicos y categorías de muerte, en el poema Mbo Xtá ridà, la piel (Xtá) se abre camino como génesis y sustrato ético del pueblo mè’phàà, una ética de la vida, la resistencia y el cuidado que se arraiga en un territorio nombrado y animado desde ella: Xtóaya', la deidad piel de agua; Xtája, la piel del trabajo (cooperativa), Xtíya, el panal/ropa de agua; Xtáya, el tallo del árbol; kuxtá, el murciélago. Todo lo que vive tiene piel: el agua, los montes, las emociones, hasta el día del nacimiento: Xtámbaa/piel de tierra, ritual de encuentro con la piel animal.

Hubert nos cuenta que para los mè’phàà vivir es ser piel: es aprender a reconocerla, cuidarla, escucharla y renovarla. Y es también desafiar ese racismo de la blanquitud, que exige rechazar la propia piel a través de la asunción de un supuesto ethos civilizatorio (mecanicista, individualista, monetario, hiper-productivista y patriarcal) como condición de la humanidad moderna. Ese racismo de la blanquitud no es solo piel sino actitud. No sólo sigue reproduciéndose en las altas esferas de poder y en las metrópolis periféricas, sino en el actuar mismo de los pueblos, a través de salvajómetros y civilizómetros y complejos coloniales que también afectan a quién partió y regresa y quiere anclarse en el seno de su pueblo, urdiendo la necesidad de un pasado místico desde el nombrar y la necesidad de crear puentes entre ese pasado y otras formas de modernidad. Verdades que, a decir de Franz Fanon, en Piel Negra, Máscaras Blancas, “deberían haberse escrito hace años, pero quemaban” y que no pueden resolverse a través de la ruptura total o el mero entusiasmo, sino “tocando el caparazón de los Hombres”, manteniendo el fuego y la palabra por auto-combustión.

Desde esa piel desollada que se abre camino, el libro de los Xtá rídà muestra un pedazo de Guerrero donde los Xtá rídà sobreviven en la memoria y en “la cobija del monte”; donde, en los rescoldos de la muerte, crecen las palabras, el ritmo, los rituales, las asambleas, y el juego, ese Xo comunitario del pueblo, ese nosotros, esa tierrita-raíz-de-Montaña que resiste en un mundo fracturado.

En el escenario de violencias de Guerrero, este poema-cuento también me recuerda algo que un día me compartió Víctor Cardona, cronista de Atoyac: “Un niño sicario es aquel al que nunca le leyeron un cuento”, lo que me hizo pensar en las infancias sin apego y sin cuentos que crecen como vidas secas, inseguras, secuestrables; y en la necesidad de las historias y la ficción para normar y entender lo que de otra manera resulta difícil de nombrar y entender, para transmitir saberes y conocimientos, y para construir, desde ellos, horizontes más justos y armónicos.

Mbo Xtá rídà nos lleva a esos territorios de la infancia donde podemos sentir la vulnerabilidad del ser en la piel y mirar en los espejos cóncavos de nuestro tiempo. Después de leerlo, quizá algunas personas se topen con un Xtá rídà en el taco de chivo, al escuchar una orquesta, caminar la milpa, agarrar el taxi, echarse un jicarazo, apagar la luz, calentar el comal, o tomar un avión, y desde esos encuentros, puedan hallar formas de subir a los cerros, entrar en las cuevas, nadar en los ríos, encender los fuegos y detener la guerra (la que se lee en los diarios y la que está en nuestras cabezas): otras maneras para vivirse en el mundo como mundo y no como cosa.

Recomiendo que Mbo Xtá ridà se lea con un montón de crayones y paredes, hojas y brazos que se puedan rayar, y la garganta y los labios listos para silbar como viento, zumbar como abeja, rugir como jaguar, o berrear como venado, porque este es un cuento hilado de onomatopeyas. Y bueno, si leen Mbo Xtá ridà tres veces y no lo entienden, le preguntan a Hubert o van a la Montaña de Guerrero; conocen a los Xtá ridà, calientan café con jengibre en la hoguera, y se echan un cabo de vela para escuchar la noche.


* Inés Giménez Delgado es periodista y antropóloga latinoamericanista.


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