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"Lo que pasa es que no estaba haciendo lo que debía": Humberto Ak’abal, in memoriam

Iván Pérez Téllez

ENAH-INAH

Fotografía: Autor

En 2018, después de convivir intensamente un par de semanas, le prometí a Humberto Ak’abal (1952-2019) que lo visitaría alguna vez en su casa. Es mediados de enero 2022, por fin cumplo la promesa; estoy acá en Momostenango, han pasado tres años y ahora el poeta maya k’iche’ ha muerto. Su casa está deshabitada pero no vacía, la rondan algunos perros y los recuerdos. A Humberto le gustaron desde siempre perros y al final de sus días tenía dos: Xibalbá y Kafka, un chucho viejo y medio ciego pero aún pendenciero.


En un hermoso predio, hay dos pequeños complejos arquitectónicos; en la parte frontal está la casa del poeta, detrás y separada por un huerto, se encuentra la vivienda de doña Fermina Estaban Ixcamparij, madre de Humberto. La tarde que di con el solar, encontré a Blanca Estela en el terreno que separa, o une, a ambas construcciones; ella es una de los 10 hermanos, y fue quien me resguardó de las dentelladas de Kafka y, posteriormente, me permitió platicar con su madre y su otra hermana.


Fotografía: Autor

La casa de doña Fermina es de una sobriedad y belleza singulares, pintada de cal con techos de teja roja, cuatro pequeños edificios con un patio central adornado con plantas y flores. Fermina tiene ahora 89 años. Me habla con renovada tristeza sobre la inesperada muerte de su amado hijo. Cuenta que hizo mucho para “lograrlo” debido a que aún siendo bebé a Humberto le dio poliomielitis. Es una madre orgullosa de su hijo, ahora ausente; lo recuerda sobre todo en la infancia, como un niño curioso, inteligente y verdaderamente estudioso. ¿En qué otro momento convivimos tanto con nuestra madre sino es en la infancia? Su madre trabajó, como muchas mujeres del pueblo de Momostenango, en el bordado de blusas tradicionales, y también el padre de Humberto tenía un telar de pedal, por lo que el poeta adquirió ese saber-hacer y el afecto por los hilos, las tramas y los urdimbres. De hecho, a la muerte temprana del padre, el poeta migró a la ciudad de Guatemala a trabajar de lo que ya conocía: la confección textil.


Fotografía: Autor

La trayectoria intelectual de Humberto no es la común de un escritor de su talla, aunque ganó todo tipo de premios y condecoraciones nacionales e internacionales y su obra se tradujo a más de 20 idiomas, en su momento era sólo un obrero autodidacta que escribía con el peso del cansancio y la pulsión creadora del poeta en ciernes. Pese a todo, se hizo escritor. Doña Fermina narra que su hijo estaba a punto de concluir sus estudios en Perito Contador una carrera técnica muy valorada en Guatemala pero abandonó sus estudios para ayudarle con la manutención de sus 8 hermanos pequeños. Quizás por ello, Fermina, una mujer inteligente y entrañable, habla del poeta con gran afecto, no sólo con el amor de madre sino con el amor que se le profesa a alguien que siempre vela por uno. Me dijo: “Todavía el día anterior hablé con él antes de que muriera”. Su madre señala que Ak’abal era juguetón, siempre se despedía de ella con un: “Te cuidás mama, te cuidás”. Como si nunca fuese a regresar.


El 27 de diciembre de 2019, Huberto Ak’abal salió acompañado por una de sus hermanas con dirección al departamento de Totonicapán para ser internado en una clínica, padecía un fuerte dolor estomacal; después de eso ya no volvió. Una complicación en la operación que le practicaron le segó la vida. Y aquí estamos, a tres años de su muerte, un poco más huérfanos.


Esta pequeña transcripción de la entrevista que realicé a Marisol Ak’abal Ixcamparij, hermana menor de Humberto, arroja alguna luz sobre la vida y obra del gran poeta maya k’iche’ y para mí es una forma sencilla de conmemorarlo. Ella fue quien convivió por más tiempo con Humberto, cuando aún no publicaba ningún poemario y lo vio crecer al amparo de la disciplina y amor por las letras que lo llevaron, contra todo pronóstico, a volverse el gran poeta que fue y es. Trascribo una parte de nuestra conversación.


Fotografía: Autor

Un día él me dijo:

Yo voy a llevar mis trabajos para que me los vean y me publiquen un libro.


Yo pensaba que publicar un libro era hacer una fiesta; no sé, yo me imaginé otra cosa, yo me puse feliz y le dije: ¡que, que, qué bonito!

No, eso no es bonito, tienen que aprender.


Él nos educaba de tal manera para sacarnos de la ignorancia. Porque prácticamente mis respuestas eran muy ignorantes.

No eso no es bonito, si me lo aceptan quiere decir: ¡Qué puedo!


Yo sólo lo oía, porque yo no le contestaba. Y un día se fue; era un domingo, y en la tarde cuando él llegaba siempre decía… era muy educado, fue muy educado siempre. Él tocaba la puerta de mi cuarto cuando quería que yo hablara con él. Nunca abrió, pero ese día entró y no tocó la puerta. Entonces yo pensé que iba enojado, porque por su carácter que era enojado. Pero ya más tarde que él no salía yo fui a tocar a su cuarto. Y me dijo:

¿Qué querés?

Entonces yo sabía que estaba enojado. Y le dije:

Disculpá, ¿estás enojado?

No estoy enojado, estoy triste me dijo.

¿Por qué? le dije.

Porque llevé mis trabajos para que me publicaran mi libro y me dijeron que lo que yo llevo es una mierda, y los tiraron a la basura me dijo.

Y se agachó, estaba bien triste. Y yo le dije:

¿Y no se puede en otro lado?

Es que no es así, vos no sabés de esto, no es en otro lado, no sirve lo que hago y yo pensé que servía, ¿te das cuenta que no es bonito?


Él se puso como a desahogarse detrás de mí. Y como yo era adolecente pues yo no le contestaba. Después yo me salí llorando por lo que él me regañó mucho y me fui para mi cuarto. Pero él me dijo:

¡Yo voy a seguir escribiendo!


Y seguía escribiendo… Humberto tenía unos treinta años tal vez.

Pero él seguía escribiendo. Después me dijo:

Se los voy a llevar a otro escritor para que me los vea. Y lo llevó. Porque esa vez que le rompieron sus trabajos fue en la Casa de la Cultura… Se los llevó a otro escritor que a él le dijeron y el señor le dijo:

Ah, fíjese de que… sí, la verdad, lo que usted hace no sirve.


Y también me dice:

Es que me dicen que no sirve.


Pero alguien le habló de un escritor que se llamó Luis Alfredo Arango, que era de Totonicapán. Y él me dijo:

Voy a ir a buscar a otro escritor. ¿Será que no sirve lo que hago?


Porque la poesía que él hacía no era como la que usted conoce; la poesía que él hacía era como que muy mestizada, o tipo Miguel Ángel Asturias, así muy elegante, palabras muy rebuscadas. Él así escribía, su lenguaje era demasiado alto y demasiado rebuscado, que no es que lo rebuscara sino que la cultura que él ya tenía lo hacía saber expresarse de esa manera. Y entonces cuando él llegó con este escritor, don Luis Alfredo Arango, le dijo:

Ak’abal, usted puede pero esa no es su forma, eso no va con usted; puede, búsquese, encuéntrese. Lo que usted escribe no es para usted.


Porque el señor también estaba casado con una indígena. Y entonces él le dijo:

Esa no es nuestra cultura, Ak’abal. ¡Encuéntrese!


Y entonces él agarró de maestro a don Luis Alfredo Arango; y él empezó a escribir, y él escritor le dio literatura para que él entendiera lo que quería decirle. Y él empezó a leer y empezó a cambiar un poco, empezó a cambiar un poco. Y entonces ya el escritor le dijo:

Usted puede, Ak’abal, pero encuéntrese, se tiene que encontrar, ya va por el camino pero encuéntrese.


Pero a todo eso ya habían pasado seis, siete años, no fue rápido. Entonces cuando él ya encontró más o menos la forma de lo que ahora está en los libros, el escritor le dijo:

Ak’abal, eso es, sólo tiene que pulir lo que está haciendo pero eso es, ahí está, usted puede.


Y entonces él estaba tan feliz, y él me lo comentaba porque era la única que estaba con él. Y él escribía y me decía:

Puedo, dice que puedo, lo que pasa es que no estaba haciendo lo que debía.


Entonces fue cuando él dijo, porque entonces él antes se vestía normal, como todo el mundo, con una camisa sport. Dijo: no. Ya entendí que nosotros los indígenas tenemos que vestir nuestros trajes. Entonces él empezó a cambiar todo en él porque empezó a entender. Y después el escritor cuando él llevó su trabajo le dijo:

Ak’abal, se encontró le dijo. Ahora sí le dijo.


Fotografía: Autor

Pero habían pasado como diez años. Este es el primer libro que él publicó: El animalero.

Cuando él llevó, y el escritor le dijo que se había encontrado totalmente, entonces le dijo: Eche para adelante Ak’abal, usted puede, ya se encontró. Entonces él le preguntó que si podía llevar sus trabajos al Ministerio de Cultura y Deportes, y el escritor le dijo que sí, que los llevara. Y cuando los llevó a él lo elogiaron, fue totalmente distinto a la primer vez y él esa vez llegó súper feliz a la casa. Que por supuesto todavía yo no entendía nada de eso, yo pensaba que le iban a dar mucho dinero por eso. Y me dijo: me van a publicar un libro. Y cuando se lo publicaron fue tan alegre.


Él me dijo: vas a ir a la entrega de mi libro, vas a ver cómo se entrega un libro. Esto fue en la Alianza Francesa, que ahora ya no existe, pero ésta estaba en la tercera avenida, entre 11 y 12 calles de la Zona 1. Yo llegué y yo no entendía nada porque yo sólo miraba gente que habla de lo mismo. Entonces yo me sentía así como que yo aquí estoy de más pero me senté hasta atrás porque tenía curiosidad de lo que iban hacer . Yo sólo veía que cuando lo presentaron a él y leyeron el primer poema los escritores se levantaron, se pararon, lo aplaudieron, hicieron demasiada ovación para él y él estaba muy feliz. Y él lloró, él lloró porque se sintió muy contento de lo que le pasó. Y ya después le hicieron la entrega de su libro, que este de El Animalero.


Al otro día estaba muy feliz, y estaba súper feliz y me dijo:

Yo puedo, yo soy un escritor.


Pues era el sueño de él.

Yo soy un escritor, voy a publicar otro libro.


Yo no me recuerdo muy bien si al año o a los dos años volvió a publicar otro que se llama Guardián de la caída de agua. Lo publicó y es con ese libro que de verdad saltó a la fama. Porque con ese libro a él le hicieron la entrega del Quetzal de Oro que otorgaba la Asociación de Periodistas de Guatemala.

(Entrevista a Marisol Ak’abal Ixcamparij, realizada el 13 de enero de 2022, en Momostenango, Totonicapán, Guatemala).

Fotografía: Autor

Sobre la obra de Humberto Ak’abal ha corrido suficiente tinta. Este breve testimonio busca simplemente acercar a sus lectores una mirada íntima, familiar, de cómo el poeta consiguió, pese a todas las penurias y dificultades, entrar al mundo de las letras con la trascendencia que bien conocemos ahora. Humberto Ak’abal era un poeta que hablaba la lengua de los pájaros, reconocía con facilidad una treintena de silbidos que podía reproducir él mismo. En distintos poemas da testimonio de ello. Hablaba igualmente ki’che’, la lengua materna que perfeccionó de adulto, cuando encontró su voz, y de la cual no pocas veces su madre fue la fuente más confiable de sus traducciones; pero también hablaba castellano, esa lengua que sus ancestros pagaron con su sangre, como él mismo decía. Humberto Ak’abal es un poeta descomunal que en ambos idiomas dejó testimonio de su sensibilidad y genio poético, de su oficio de tejedor de palabras.


Estar en la casa de Humberto Ak’abal, en su recibidor, ahí donde siempre tenía dispuesta su guitarra para cantar, ahí donde se hallan sus primeras “libreras” llenas de libros de que él leyó, haber estado en su estudio con manuscritos inéditos, o en ese jardín japonés-ki’che’ en el que, al pie de una gran conífera, el poeta dispuso algunas piedras cúbicas a manera de sala para conversar con sus visitantes. Pero sobre todo, comprobar el gran amor que le profesa su familia, no por escritor sino por la persona que fue, me hace reconocer en él a un buen hombre y sentir todavía más admiración y respeto por su trabajo poético. Por cierto que a su perro Xibalbá no lo conocí, dicen que despareció después de la muerte del poeta. Yo más bien creo que Humberto Ak’abal, con lo sabio y mañoso que era, le puso ese nombre para que llegada la hora el chucho acompañara al poeta al Xibalbá y viceversa.

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