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Layú bee: El Istmo de Tehuantepec (territorio-cuerpo de vida)

Updated: Aug 17, 2021

Niltie Calderón Toledo*

Fotografía: Autora. Laguna superior, San Mateo del Mar Istmo de Tehuantepec.

Guiruti’ rilá pa riba’na’ sti’ binni/ Nadie se salva si le roba a otro [1]


Mi abuela, na Matilde, fue comerciante en tiempos de su juventud.

Ella era originaria de Tehuantepec y utilizaba la vieja ruta a Comitancillo para vender sus productos en un recorrido que hacía caminando: así fue como llegó a El Espinal, donde conoció a mi abuelo.

Mi abuela y mi abuelo maternos, na Tina y ta Onésimo, eran artesanos ─entre otras cosas─ y se encargaban de elaborar animales, plantas, flores y demás curiosidades hechas de papel y alambre para adornar los carros alegóricos de las reinas y capitanas, las cuales se utilizaban durante las regadas y velas tradicionales de la región. Ella era de Juchitán y él de El Espinal; sus trabajos los llevaron a Niltepec, Unión Hidalgo, Chahuites, Chicapa, Laollaga, Ixhuatán y muchos otros pueblos del Istmo.


De ellos, y de las memorias acerca de ellos, así como de sus tránsitos y vicisitudes, aprendí que el territorio en el Istmo es un entramado complejo: tejido de montañas, ríos, lagunas, mar, lluvia, viento, tierra, animales que son señal y signo… aviso de visitantes y temporales, hermanos que acompañan el recorrido en la tierra… Y todo en conjunto es lo que permite la vida de los pueblos originarios y no sólo en tanto vida física sino también como entramado de significaciones complejas a partir del territorio, la lengua, las prácticas comunitarias y espirituales.


Layú bee -nombre del Istmo en diidxazá que significa tierra angosta-, hoy se encuentra amenazada por megaproyectos mineros, eólicos y el corredor interoceánico, proyecto que pretende instalar un tren de carga de mercancías y diez parques industriales a lo largo del Istmo oaxaqueño y veracruzano, quebrando esta tierra y sus múltiples territorios. En el proceso han hecho a un lado las voces de los que aquí habitamos mediante consultas hechizas que no responden a cabalidad con el convenio 169 de la OIT y mucho menos con el artículo 2° constitucional. El impacto ambiental, social y cultural que tendrá la instalación de parques industriales en este extenso territorio compartido han quedado en silencio o han sido silenciados.


Nuestras abuelas y abuelos fueron los primeros que anduvieron estas tierras, conocieron sus caminos, árboles, plantas, trazaron rutas y se encontraron entre pueblos distintos a veces enemistados, a veces compartiendo el hacer del territorio, otras como hermanos o familia; de ellos aprendimos que lo que habita no es sólo naturaleza y que Layú bee está repleto de otros seres que se cruzan de vez en vez en los caminos, las milpas, las cuevas, el agua, el mar para hacer presente su voz, aprendimos pues, a escuchar y que a ella se le conoce andándola, así es como se descubre la forma tan íntima en la que estamos relacionados, aunque nuestros pueblos sean distintos, lo que sucede en un lugar irremediablemente afecta a otros.


Acá estamos los pueblos Binnizá (zapotecas), Slijuala xanuc' (chontales), Angpøn (zoques), Ikoots (Huaves) y Ayuuk ja´ay (Mixe), mismos que se encuentran en el Istmo Oaxaqueño y cuyas geografías son trazadas por zonas de sierra, selva, lagunas, mar y selva baja… pueblos que han definido sus identidades y haceres comunitarios de acuerdo a su cultura; pero también a su quehacer territorial, situación que los ha identificado como pueblos pescadores, artesanos, campesinos etc., sin embargo, ese hacer del territorio es más extenso y sobrepasa los límites identitarios de los pueblos como reclamando la existencia de un cuerpo que extiende las venas hasta las montañas o la selva con la intención de llevar agua a las lagunas y, en su recorrido, propiciar la vida.


Los especialistas afirman que el Istmo de Tehuantepec es un sistema biológico interdependiente en sí mismo:

El equilibrio de los sistemas acuáticos como el de las lagunas estuarinas del istmo depende en su conjunto de factores que regulan el comportamiento hidrológico y que aportan nutrientes o equilibran la concentración de salinidad y la variación de temperatura, entre otras cosas. La combinación de agua dulce de los escurrimientos pluviales, más la influencia mareal que aporta agua salada, determinan la productividad de la biomasa vegetal que sirve de refugio y alimento para numerosas especies, muchas de ellas de gran valor comercial que se refleja en el potencial económico de la pesquería en la región. (Lucio, 2016:133).


Cuando las lluvias caen sobre las montañas de la Sierra Mixe-Zapoteca o en la selva de los Chimalapas, sus aguas escurren ensanchando los ríos Guigu bicu nisa (Río de los Perros de Agua), Espíritu Santo y Ostuta, dejándose caer en su destino final en el estero, la laguna superior e inferior, compartiendo agua dulce y salada entre sí y con el agua del mar… proceso fundamental para la vida tanto de este complejo cuerpo natural como de quienes ahí habitamos. Esto lo conocen bien los pueblos Ikoots y Binnizá que habitan la zona lagunar, pues saben que cuando las lluvias son abundantes habrá peces para comer y comerciar; pero cuando éstas son escasas habrá que reservar únicamente lo propio.


Pero el Istmo como territorio que se vuelve cuerpo no sólo se agota en las lagunas.

La relación entre las montañas como captadoras de agua son necesarias para alimentar los ríos subterráneos, los mantos acuíferos de donde obtenemos el agua para beber y hasta para disfrutar de un chapuzón en manantiales como los del Ojo de Agua de Tlacotepec y Santiago Laollaga. Las lluvias prolongadas también permiten que los sedimentos ricos en minerales cubran los campos de cultivo y que las plantas propias de la región crezcan lo suficiente para permitir la vida de una vasta cantidad de animales e insectos.


Estamos de acuerdo con Rogério Haesbaert quien plantea mirar el territorio como cuerpo-tierra, más aún en contextos de despojo: “Se debe entonces, hablar en la interacción entre múltiples territorios (cuerpo) de vida.” (2020:286) territorios que han interactuado siempre y que son ajenos a las enemistades entre pueblos de diferentes culturas, el territorio como cuerpo reclama su propia existencia, Layú bee no sólo pertenece a los Binnizá, o Ikoots, por nombrar a algunos, se pertenece a sí mismo y lo habitan por lo menos seis pueblos distintos del lado Oaxaqueño que dependen de él y su bien-estar.


Guigu roo Guisii/ Río grande Tehuantepec 1955. Fotografía digital tomada del archivo histórico municipal de la ciudad de Oaxaca.

Todo vuelve porque también somos parte de ese cuerpo


Algunos cuentan que, en mi pueblo El Espinal, al nacer una niña/o su ombligo se enterraba a la orilla del Guigu bicu nisa, lo que nos da señas del sentido protector que esto tenía, el río cobijaría su centro conectándolo con la tierra y el agua para que él no se fuera, para que siempre volviera a su pueblo.


Hoy tenemos un río triste y cada vez más negado, siempre amenazado por el crecimiento urbano y las descargas de aguas residuales ─este es un río compartido, que nace en la sierra y atraviesa varios pueblos zapotecas─, ahora en severo peligro con el proyecto del Corredor Interoceánico, cuyo impacto ambiental sería catastrófico: si las montañas se minan, los desechos y metales pesados llegarán a los ríos y lagunas. Si los desechos industriales de las fabricas prometidas se vierten a los ríos o la tierra afectarían mantos acuíferos y terminarían matando la zona lagunar en donde desembocan, la producción de peces disminuiría junto con nuestro consumo de este alimento… pueblos enteros dedicados a la pesca y a la agricultura quedarían devastados… nuestros mantos acuíferos y pozos de agua se hallarían contaminados: ¡todo vuelve a nosotros!, si el despojo se consolida nadie se salva.


La catástrofe del prometido progreso


Esta no es una imagen futurista sino un aviso de la calamidad que hemos visto en otros escenarios. En la región tenemos antecedentes de lo que sucede cuando un río se represa, así como de los impactos ambientales que, para la zona lagunar, tuvo la creación de la Presa Benito Juárez en Jalapa del Marqués. El agua que prometía ser para los cultivos terminó desviada en su mayoría a la refinería de Salina Cruz, esto debido a que las refinerías necesitan mucha agua. El gran Guigu roo guisii (Río grande Tehuantepec) que desembocaba en las lagunas hoy es solamente un hilo de aguas negras… ¡un recuerdo triste de su grandeza de antaño!

¿Y el progreso prometido?

De eso no se supo, de represión sí.


Los que habitamos Layú bee, aún no sabemos lo que significa el impacto de múltiples parques industriales -porque algo así no ha existido por estas tierras- pero podemos llegar a conclusiones a partir del impacto ambiental profundo que la refinería “Antonio Dovalí Jaime” tuvo en Salina Cruz, antes zona rica en producción de peces y camarones hoy con aguas contaminadas de residuos químicos derivados del proceso de refinación, por lo que sabemos que el desastre será profundo, el daño irreversible y el progreso prometido un fantasma que dejó esperando a los pueblos. Lo mismo observamos con otras zonas industriales del país y los cuerpos de agua cercanos a ellos: todos nos hemos sorprendido al mirar lo que sucedió con la Presa Endhó, ubicada en Tula en el estado de Hidalgo, una de las más contaminadas de la República mexicana y considerada “la fosa séptica a cielo abierto más grande del mundo” la cual recibe los desechos de la zona industrial de Tula, la refinería y las aguas residuales de la Ciudad de México, agua con la que se riegan los campos de cultivo en el Valle del Mezquital donde habitan los pueblos Hñähñu:

¿podremos aprender de la experiencia ajena y propia para defender el territorio?, ¿Podremos reconocer este territorio como cuerpo compartido al que si se le corta o daña una parte el dolor de la herida la vamos a sentir también en nuestros cuerpos?


Nuestras abuelas y abuelos fueron los primeros que caminaron estas tierras. Por ellas, sus memorias y narraciones sabemos qué hay más allá de lo que nuestros ojos alcanzan a mirar, nuestros pueblos son una urdimbre de múltiples cuerpos y hoy debemos estar alertas ante este intento de fragmentarnos, cortarnos en dos, dividirnos por pueblos e intereses únicos- el que ellos establecen- despojarnos de la tierra, la memoria, cerrarnos los oídos y el corazón para no escuchar las voces que como presagio nos advierten: es hora de caminar con mucho cuidado.


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[1] Proverbio zapoteca/ Diidxagola Binnigula’sa’.

-De la Cruz V. (2013) “Guie’ sti’ diidxazá/La fLor de La PaLabra”, Co edición Universidad Nacional Autónoma de México y Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social: México.

-Lucio L.C.F., (2016) Conflictos socioambientales, derechos humanos y movimiento indígena en el Istmo de Tehuantepec. Universidad Autónoma de Zacatecas, México.

-Haesbaert R. “Del cuerpo-territorio al territorio-cuerpo (de la Tierra): contribuciones decoloniales” Revista cultura y representaciones sociales año 15, no. 29, septiembre 2020. Pág. 267-301.


*Mujer Binnizá, originaria del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. Licenciada en Psicología (UAEH), Maestra en Psicología Social de Grupos e Instituciones (UAM-Xoch) y Candidata a Doctora en Estudios Latinoamericanos (UNAM). Realizadora de contenido para radios comunitarias en temas sobre el pensamiento de los pueblos y defensa del territorio. Trabaja con organizaciones y comunidades en temas relacionados con mujeres y pueblos originarios, movimientos sociales y educación e investiga sobre la reparación del daño a mujeres en los casos de esterilizaciones forzadas en Perú, desplazamiento forzado en Colombia y feminicidios en México.

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