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Comer y agradecer en la cosmovisión mè’phàà

Cristina Hernández Bernal*

Fotografía: Autora

Es la víspera del 29 de septiembre, considerado como “un día grande” para los mè’phàà — uno de los tres grupos etnolingüísticos que habitan en la Montaña de Guerrero, conocidos como Tlapanecos— por que se celebra a San Miguel Arcángel, quien para la cultura mè´phàà es, además de protector frente a lo nefasto, custodio de la milpa y cuidador del maíz ante los fuertes vientos que acechan por la temporada de ciclones y huracanes. Un día antes, en uno de los núcleos familiares que habitan en el municipio de Malinaltepec se han preparado para entregar sus ofrendas al Santo Arcángel: velas, copal, amarres de flores de pericón, cigarros, agua bendita, hoja de borracho y muy especialmente el “iduu àkhà” que significa en mè’phàà “ojo del sol”, un amarre circular de flores de pericón que se enlazan hasta formar una corona de flores sobre una estructura de madera y que representa el “ojo vigilante de dios, que cuida los cuatro rumbos del mundo”. Todo esto entra a la iglesia para realizar las peticionas familiares o de las mayordomías según sea el caso para hacer las oraciones y los ruegos para que San Miguel pueda defenderlos de todo lo que se considera como nefasto.


Antes de llevar las ofrendas se ha ofrecido a todos los acompañantes un plato tradicional de la región: caldo rojo de panza de res. Los platos se sirven en una larga mesa donde los asistentes mantienen pacientes las manos sobre las piernas, de manera ceremoniosa y guardando un silencio que de vez en cuanto se rompe por la actividad de los infantes antes de que lleguen los platos, anticipadamente se han colocado las tortillas hechas a mano, el agua, los refrescos y el “testigo”, es decir, la sal, misma que se considera como un elemento imprescindible en la mesa y como bien lo dice su nombre, testigo ante las divinidades del panteón mè´phàà de que se ha ofrecido de comer a quienes asistieron para entregar las ofrendas.

La disposición de los comensales no es azarosa, la mesa también tiene un acomodo espacial semejante al cuerpo humano, tiene “pies y cabeza, es así como en la cabeza se sienta siempre la autoridad municipal o el “mayor” de los principales del pueblo. Ese es el caso de Don Timoteo Bruno Villar, principal del pueblo de Unión de las Peras, quien lleva a cabo una de las costumbres más arraigadas en el pueblo mè’phàà, característica elemental de su identidad cultural, hablamos del discurso ceremonial mè’phàà para agradecer por los alimentos.


Fotografía: Autora

Lo primero que hace un principal es agradecer al creador: “Agradecemos al creador del universo por habernos permitido ver la luz en este día, él es el que permite que hoy nos hayamos reunido todos, sin él no hay nada, no vemos nada, él es que alumbra nuestras vidas y el que permite que hoy podamos reunirnos para celebrar a San Miguel., porque San Miguel nos ayuda a que no haya enfermedades en nuestro pueblo, que no haya enfermedades en nuestra familia, que no haya enfermedad en la milpa. Ahora vemos como la enfermedad está afectando a nuestros hermanos y también a nuestro pueblo, sin embargo, con su gracia las enfermedades no nos dañan a nosotros”.


Después se agradece por continuar con la costumbre: “Agradecemos a ustedes por ofrecernos estos sagrados alimentos, alimentos que son obra del señor, nosotros los recibimos con toda fe y con nuestra alma entera porque esos es lo que alimenta nuestra sangre, lo que alimenta nuestra alma, lo que da nuestro nombre, lo que da nuestra fuerza. Nosotros no tenemos como pagar todo esto que ustedes están ofreciendo, no podemos pagarlo porque es inmenso lo que ustedes acaban de ofrendar, no hay como pagarse, porque somos seres terrenales, el único que podrá pagar todo eso es nuestro padre que está en el cielo, él no duerme, él está al pendiente de todo lo que ustedes ofrendan, él es el único que podrá pagarles con obras y gracias para ustedes y todos sus descendientes, hermanos, hijos, sobrinos, nietos y generaciones que vienen detrás de ustedes.


Estas son las obras que han dejado en nuestras manos nuestros ancestros para seguir reproduciéndolas y por esos es importante hacerlas respetar para que nuestros descendientes crezcan fuertes, tengan la fuerza y tengan su nombre”. Finalmente se agradece a la familia que trabajó para llevar a cabo “la metida de flor”: “Agradecemos a cada uno de los que integran a esta familia, por guardar nuestras tradiciones, muy poca gente le da importancia a todo esto, cada día se va perdiendo más, muchos piensan que la costumbre que estamos celebrando es un pretexto para comer y tomar, pero no se fijan en la importancia de continuar con nuestras tradiciones.

Fotografía: Autora

Ustedes le dan vida a esta costumbre de San Miguel, reciben su gracia, reciben su protección ante los enemigos que hay, ustedes que llevaron a cabo esta celebración que la hacían sus padres, sus abuelos, así no dejan que esta tradición muera. Así mismo agradezco a todos los que vinieron a acompañar a esta familia y no los dejaron solos, les dieron la fuerza para amarrar sus flores para que ellos hagan su presente, para presentar su ofrenda (lit.: entrada de la flor) ante San Miguel”.


En cada celebración, comunitaria o familiar, los comensales no pueden tocar los alimentos hasta que una autoridad, civil, comunitaria o familiar no haya realizado la bendición de la mesa con la sal; del mismo modo, no se puede levantar nada de la mesa al término de los alimentos, ni los comensales se pueden retirar hasta que se haya realizado el discurso de agradecimiento por los alimentos compartidos. La no observancia de estas normas sociales conlleva el desprestigio y se significan como una descortesía grave. Los alimentos tienen un amplio espectro de significados culturales, que se relacionan también con nuestra historia personal y colectiva.

En ese sentido, en la cultura mè’phàà los alimentos y los discursos de agradecimiento contemplan no sólo una norma social inquebrantable, son también acciones que los distinguen y otorgan al mismo tiempo valores propios de su identidad.


*Licenciada en Etnohistoria por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Diplomada en Análisis de la Cultura y en Derechos de los Pueblos Indígenas de México. Maestra en Ciencias Antropológicas por la UAM-Iztapalapa, donde actualmente es Doctorante. Miembro del Colegio de Etnólogos y Antropólogos Sociales (CEAS) A. C. desde el año 2018.


Esta breve reseña etnográfica fue publicada inicialmente en La Jornada del Campo, Número 171, 18 de diciembre de 2021.

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