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24 de diciembre, celebración de los dioses-semilla en San Pablito, Pahuatlán

Updated: Jan 3

Iván Pérez Téllez

ENAH-INAH

Altar de la Cruz. Fotografía: Iván Pérez Téllez

Desde hace algunas décadas, la agricultura no forma parte del modo de subsistencia de los otomíes de San Pablito, Pahuatlán. Este pueblo, en cambio, es reconocido debido a su intensa labor comercial vinculada a la producción de papel amate y artesanías de chaquira, aunque también elaboran extraordinarios textiles tradicionales. Las remesas, producto de la migración a Durham, Carolina del Norte, también dinamizan fuertemente la economía de las familias otomíes. Acá no parece operar la vieja idea de que la superestructura está determinada por la base material. Los otomíes no cultivan maíz —un elemento clave en las cosmologías mesoamericanas—, son migrantes y ahora elaboran y comercian artesanías. Con todo, su apego a los rituales agrarios es innegable.


Cada 24 de diciembre se celebra uno de los eventos más importantes del ciclo ceremonial otomí: la bendición de semillas. Para este fin el curandero convoca a distintas personas para que participen junto a él en los preparativos. Se trata de un evento costoso pues implica elaborar parafernalia ritual, adornos de palma y flores, comida para ofrendar y consumir, cohetería, alcohol y adornos de todo tipo. La participación, en principio, se reduce a un pequeño grupo de colaboradores cercanos al bädi, que se encargan de la logística así como de elaborar los adornos de flor, confeccionar los altares —para el baúl de las semillas y la Cruz del Altar —o recortar papel amate, mientras las mujeres preparan la comida, matan aves o muelen en el metate. La mayoría de los participantes del pueblo cooperan con dinero, papel amate, granos, aves o cualquier otro insumo que se requiera. Se trata ciertamente de un evento de interés comunitario pues por medio del ritual se solicita a las divinidades Sirena, —Antiguas o Semillas— que brinden buenas cosechas para todo el pueblo.


Altar externo del baúl de las semillas
Altar externo del baúl de las semillas. Fotografía: Iván Pérez Téllez

Con varios días de antelación, incluso semanas, los chamanes recortan las figuras que se utilizarán en el ritual: los cuerpos de papel para las divinidades. En esta ocasión se tratan de los cuerpos de las semillas: maíz, frijol, chile, jitomate, calabaza, chayote, piña, cacahuate, café, entre otros tantos frutos. También recortan papeles que servirán para adornar los altares, entre ellos sobresalen el recorte del águila bicéfala, emblema de Mbithe —al pie del cerro—, nombre que recibe en otomí San Pablito. Recortan igualmente al Diablo y a los muertos en desgracia y demás seres patógenos que no obstante deben ser convocados y convidados en la festividad.


Recortes de semillas ataviadas. Fotografía: Iván Peréz Téllez

Antes, también, el chamán manda a confeccionar prendas miniaturizadas que servirán para renovar las vestimentas de los muñecos-semilla; unas figuras de madera de aproximadamente 30 centímetros con extremidades articuladas. Se trata de enredos, fajas, blusas bordadas y quechquemitl, en el caso de las mujeres; y calzones y camisas de manta, para los hombres. Para las mujeres confeccionan adicionalmente aretes diminutos y borlas para las trenzas de cabello. En la mayoría de los casos, compran pequeños sombreros, algunos de charro, para las divinidades. Todo ello con el fin, en principio, de observar cierta reglas de etiqueta para la fiesta.

Adorno del altar, flor de cielo. Fotografía: Iván Pérez Téllez

A lo largo de todo el año, las semillas reposan dentro de un baúl de madera que, de cierto modo, semeja una gran casa comunitaria. Aquí se concentran todas las personas-semilla. La tapa desprendible del baúl se dispone de manera análoga a un cielo, adornado con utensilios diversos —escobetas, canastas, y algunas vestimentas— y escarcha brillante como si se tratase de un manto estrellado. Es hasta el 24 de diciembre, por la tarde, que los curanderos sacan uno a uno los muñecos-semillas —siempre en pares de mujer y hombre— para ser vestidos con su ropa nueva. Dos caballos de madera también se encuentran dentro del baúl. Abajo de los muñecos de madera, también conocidos como Antiguas, yacen recortes de papel de todas de las personas-semilla.


Este gran baúl de las semillas se encuentra en un espacio comunitario adosado a la presidencia auxiliar del pueblo: la casa de Costumbre. Ahí, en un pequeño oratorio, permanece el baúl. El oratorio tiene al fondo un altar en el que, además del baúl, reposan dos personajes claves del ritual: La Sirena y San Pablo, patrono y protector del pueblo. Debajo de una plancha de concreto se encuentran unos teponaztles y, enterrada casi por completo, una olla con recortes con los Abuelos Tierra. De algún modo, todo esto conforma una suerte de cosmograma otomí. Algunas canastas albergan igualmente los recortes de las semillas ahora vestidas con su ropa tradicional. Los músicos de Costumbre tocan cada que se inicia una nueva secuencia, marcan la pauta dentro del ritual.

El gran baúl de las semillas. Fotografía: Iván Pérez Téllez

Alrededor de las seis de la tarde, una comitiva acude a la casa del chamán para recoger dos bastones de mando y dos cabezas de madera, una de San Pablo y la otra de la Sirena, dispuestas en el altar del chamán de manera análoga a la casa de Costumbre. Desde la casa del chamán, algunos mayordomos y autoridades civiles llevan tanto bastones como cabezas a la casa de Costumbre para que asistan igualmente a la festividad. El curandero se muda de ropa por una de gala, como ocurrió con los muñecos y los recortes de las divinidades. La celebración, el convivio, amerita la etiqueta. En este momento es que dará inicio el Costumbre.


Poco antes de las ocho de la noche, una comitiva encabezada por dos chamanes sacará el baúl de las semillas y los “santos” para colocarlos en los altares que se elaboraron en el patio de la escuela contigua. Esta comitiva realiza un recorrido de derecha a izquierda para dejar primero la Cruz del Altar y posteriormente el propio baúl, acompañados todo este tiempo de sones de Costumbre. Una vez que todo está dispuesto en el patio, da inicio en el interior del oratorio la entrega de ofrendas al Diablo y los malos aires, es decir, a los muertos en desgracia que son considerados los policías del Diablo o Zithû.

El bädi en su altar doméstico. Fotografía: Iván Pérez Téllez

De vuelta en la casa de Costumbre, una curandera entrega a los diablos y muertos su ofrenda de cigarros, aguardiente y huevos. Las camas de los recortes son de hojas de ortiga, cuatro ceras negras alumbran pálidamente la cama de las divinidades patógenas. Durante este episodio, suenan sones de Costumbre todo el tiempo. En cierto momento, un joven de 14 años con algún grado de discapacidad trata de asistir a la curandera sin que ella lo solicite; pese a sus dificultades para comunicarse el chico es bilingüe otomí-español y posee un evidente conocimiento ritual; quizás en el futuro también sea un bädi. Una vez que los diablos y muertos reciben aguardiente y cigarros, al final, con todo eso, la curandera elabora un envoltorio con el que se limpiará a todos los asistentes y también el espacio destinado al Costumbre; por último rociarán agua con hojas maceradas de naranjo que con su fragancia señala que el lugar ha sido “barrido” y se encuentra limpio.


Pese a lo que comúnmente se imagina, el Costumbre de bendición de semillas no es sólo un asunto de gente adulta o de curanderos; la participación en el ritual por parte de jóvenes menores de edad, incluso niños, es muy visible. Entre otras actividades, ellos cargan el baúl, escombran el espacio, acomodan sillas, aportan dinero y sobre todo se interesan en la organización del Costumbre. En general, estos muchachos son aficionados a la música y la cultura urbana, incluso algunos de ellos fundaron una banda de rap. Son una “clica” de jóvenes tatuados que retoman la estética de los recortes de papel de uso ritual para decorar su cuerpo. Además, es cierto, algunos fuman marihuana inclusive discretamente inhalan solventes, todo ello en el contexto del Costumbre. Pese todo, las personas mayores, algunos de ellos sus propios padres, no excluyen a los jóvenes de la participación ritual, saben que esa es la realidad que ha traído aparejada los procesos de migración trasnacional o a las grandes ciudades —Ciudad de México, Querétaro o Monterrey—, donde acuden a trabajar.


Los rituales otomíes no son estáticos; nada en la vida indígena, en realidad. Reflejan, por el contrario, complejas dinámicas sociales e históricas como la migración, el consumo de estupefacientes en el país, el cambio alimentario o la creación de escenas musicales como el rap. Nada de esto es extraño para los otomíes dado que la alteridad es algo que los constituye. Así, por ejemplo, sus divinidades, o algunos ancestros, son muchas veces seres mestizos —barbados, blancos— que son seres “primigenios” o “primitivos” como sus vecinos pahuatecos de la cabecera municipal que, en no pocas ocasiones, desconocen las leyes de la reciprocidad y tienen comportamientos violentos, prácticas de despojo, incluso actitudes racistas y excluyente hacia ellos.

La cooperación del pueblo. Fotografía: Iván Pérez Téllez

Para los otomíes, esta sociedad no indígena desconoce los principios básicos del dar y recibir, desconocen que el medio ambiente está poblado por seres que demandan su “pago”, su ofrenda por brindar las semillas que prodigarán frutos de todo tipo; desconocen asimismo las facultades de seres poderosos como la Sirena que trae la lluvia. En este contexto es que cobra sentido el ritual de bendición de semilla. Los otomíes reconocen una multiplicidad de seres a lo que se les debe agradecer su “trabajo”, estos mismos seres recibieron bien, a decir del chamán, las ofrendas y el Costumbre. Durante la noche del 24 al 25 mucha gente del pueblo asiste, después de haber ido a la misa, al altar donde se colocó el baúl a limpiarse con una veladora y flores. Al día siguiente se tomarán un pequeño descanso, aunque entregarán ofrendas en el manantial del centro del pueblo, para la Sirena; también visitarán la cueva del águila de dos cabezas y el domingo 26, antes del mediodía, subirán para ofrendar al Señor del Monte, justo en el cerro tutelar —Cerro Brujo—, aquel que le da nombre a Mbithe.


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